viernes, diciembre 17
Me soné en tu calzón
Andaba caminando. Caí en la necesidad de observar, a darme cuenta de la ingenuidad de todos. Aparentando ser quienes menos pensaron en ser. Cualquiera que hubiese mirado a un lado de su oreja pudo darse cuenta. Me figuraba una explosión de hipocresía, un volcán de mentiras. Sin embargo, aún no sabía lo que ellos estaban haciendo, lo que los mantenía en movimiento. Sólo yo no lo podía hacer, porque no supe ni qué. Nunca me pareció importante todo lo que los demás hacían. Era banal hacer amistades, convivir en conciertos, cagar, jugar, mentir, coger, embriagarse, orinarse. Caminé, corrí, me arrastré por los rincones menos comunes. En mi travesía no encontré a alguien que me pudiera ayudar en mi búsqueda, y sospecho que aunque me lo hubiera encontrado no me habría podido ayudar, porque no sabía lo que buscaba.
En un gran edificio abandonado, hecho de ladrillos erosionados por la antigüedad, me topé con un pedazo cuadrado de tela blanca, curiosamente limpio entre tanto escombro. Me sequé el sudor y lo arrojé al mismo lugar, pero antes de que tocara el piso el viento tomó posesión de él, lo ultrajo y cual paloma voló por un cielo sin nubes, sin emociones. Regresé mi vista al piso y como lo esperaba, el pañuelo estaba ahí. –Qué pequeño es el mundo-
Entonces comprendí lo que hacía mal, supe qué era lo que tenía que hacer. Pude saber qué hacían los demás, qué era lo que los mantenía en sus “vidas”.
lunes, noviembre 15
Mi tarde de ayer
Ayer, al término de mis clases lo estaba escuchando, me confesaba el dolor que tenía por haber confiado en una mujer; Nos mentimos tanto el uno al otro que en nada confiamos, me susurró en el oído. Remató con una frase que me estremeció: “confiar es igual al sufrimiento”... Deyla interrumpió nuestro momento rockero, él era lo único que podía tranquilizarme en mi desesperación, me daba ánimos cuando me sentía deprimido, él era ya toda mi vida; quería que la acompañara a comprar un encaje negro para su disfraz. Como yo tenía que ir con mi mejor amigo, le dije que no tenía tiempo para ella, aunque me moría por abrazarla, por frotar sus suaves mejillas con mis labios, por… -me tengo que ir- interrumpí mi divague y emprendí de inmediato el viaje al colegio de mi amigo.
Al llegar a la plaza en donde nos habíamos citado, Emilio ya estaba esperándome.
-Güey, me acaban de invitar a la fiesta sorpresa de Liz- comenzó la conversación sin siquiera saludarme- la vieja esa que te dije que es la más sabrosa de mi salón, ¡vamos!
-Ah pues sí, vamos.
Como la fiesta era sorpresa, tuvieron que distraer a la cumpleañera para, según, arreglar su casa. Lo único que yo hice fue chingarme el chile de huevo que tenían en la cocina. Al cabo de unos 15 minutos llegó la tal Liz, que ni estaba tan sabrosa. Todos los presentes le dimos su abrazo y su merecida felicitación: ¿Qué? ¿Ya eres cancha reglamentaria?
La pizza llegó. Y yo me volví a atragantar. Estábamos tan aburridos que nos pusimos a jugar botella. -¡Por fin! Mi turno para besar- aunque fue con la más fea que estaba ahí, era la hermana de la festejada. Después de otra media hora en la súper fiesta, mi madre me habló para decirme que estaba en casa de Emilio, así que nos tuvimos que ir. En su casa seguimos platicando.
Ya era noche, me empecé a despedir y la mamá de Emilio me preguntó si llevaba todo, que si no traje chamarra… en ese preciso instante recordé que olvidé mi chamarra favorita en la banca de la escuela donde soñé con abrazarla, con acariciar su suave mejilla, donde lo perdí para siempre. Jamás olvidaré la canción que reproducía: “trust”.
miércoles, noviembre 3
Compañeras*
Ambos pensamos que no debíamos terminarla por chismes. Si lo hacemos sería por hartarnos de estar juntos.
Confié en él. Me convenció tan rápido. Aunque las sospechas siempre estaban presentes: “será cierto lo que dicen”, “alguien será capaz de destruir nuestra relación”
Fuimos a nuestro lugar especial. El gerente vacilaba con nosotros diciéndonos que le iban a poner nuestros nombres a la puerta de la entrada, aunque recordándolo mejor, siempre se referían a él casi en un murmuro, a veces me daban calosfríos: se reían como si ocultaron un secreto, como si fueran los mejores amigos, como cuando una mujer enamorada le sonríe a un hombre. A pesar de la frecuencia con la que visitábamos el lugar, no sabía la dirección.
Transcurrieron dos semanas más. Cada tercer día el penetra en mi ya olvidada ingenuidad, mientras yo recibía su esencia en cada exhalación. El gerente apartaba nuestra habitación.
Al término del receso de 10 minutos en la Universidad, encontré encima de mi banca un sobre manila tamaño carta sin remitente –Seguramente es de él, hace ya un tiempo que no me manda un detalle como estos – lo abrí inmediatamente, dentro contenía una nota citándome a una cierta hora, la dirección estaba abajo. Al principio aseguré que se trataba de una broma de alguno de mis compañeros. Estaba a punto de tirar la nota a la basura cuando ví su reverso. El número marcado provocó un cosquilleo que recorrió mi cuerpo en menos de un segundo. –quién habrá mandado esta maldita, y para qué el pinche sobre pudiendo…- entonces me dí cuenta que aún no estaba vacío…
Al llegar a mi casa aún estaba sacada de pedo, quién carajo mandó esta pinche nota y qué demonios abre esta llave. Tenía que ir a aquél lugar. Mi madre muy rara vez me dejaba salir de noche, pero perfectamente había quedado de verde con sus amigas. Esperaría a que ella se fuera. Pasaron veinte minutos antes de que yo saliera para irme.
Tomé un taxi. Durante el camino quería seguir con la idea de que todo era una broma, no quise prevenir nada. No dejaba de pasar la llave entre mis manos, como si con eso se acelerara el tiempo para llegar más rápido. Llegué a mi destino, baje rápidamente del auto. Entré al lobby y el gerente sólo se me quedó viendo, como si supiera lo que pasaría en los próximos dos minutos. El ascenso al tercer piso fue el más lento que tuve, ojala así de tardados hubiesen sido los que tuve con él cuando nos besábamos en el elevador, como calentamiento. Al salir de la cabina me dirigí hasta la puerta donde estaría mi nombre junto con el de él. Alcancé a escuchar unos gemidos –¿qué hago aquí? Mejor me largo- quizá eso hubiese sido lo mejor. Introduje lentamente la llave en la cerradura, como cuando él me penetraba y sentía cada centímetro más gozoso que el anterior. Giré la chapa cautelosamente, se me paró el pezón. Empuje la puerta de una manera sigilosa de tal manera que sólo había una ranura en donde alcancé a ver su cabellera moviéndose vigorosamente, pero también ví las uñas, esas rasgaban su espalda dejaban una marca efímera que se desvanecía al instante, sus piernas entrecruzadas que abrazaban su cintura y le ayudaban en cada movimiento. Por un segundó llegué a pensar que ella lo disfrutaba más que yo. Estuve tentada a interrumpir el acto, pero qué diría, qué pasaría después de hacer ese cliché tele-novelesco, le arrojaría el cuchillo, a cuál de los dos… Mis pensamientos se profundizaron tanto que no me percaté que a cada idea que venía a mi mente daba un paso hacia adentro de la habitación.
Al fin, él terminó, siguió montado sobre ella por un momento y le dijo unas palabras en susurro –siempre era una frase diferente – se acostó sobre la cama…
-¡Mamá!
domingo, octubre 10
Hotline. ¿Con quién tengo el gusto?
Pues mira, hablé con alguien, no recuerdo su nombre, es más, ni si quiera tengo idea si me lo dijo. Lo que te puedo decir es que… seduje a una mujer tan solo con mi voz, mi manera de hablar. Alcanzaba a escuchar los orgasmos que estimulaba mi elocuencia. Sabes que yo no soy así, pero de alguna manera mi vocabulario aumento, fue asombroso, apuesto a que superaba a cualquier erudito literario. Era como si estuviera narrando un cuento, no me refiero a que el diálogo estuviese previamente establecido, todo lo contrario, sufría de espontaneidad. Respetaba signos de puntuación, inclusive contaba las pausas de los puntos y comas, hice énfasis en las sílabas tónicas, carecía de vulgaridad gramatical. Aquella mujer al otro lado del teléfono, sucumbía ante mi exorbitante entonación del léxico, del cual estoy seguro, inmejorable. No te digo que haya sido perfecto, simplemente fue inmejorable…; ¿y ella no dijo nada?; La fémina se limitó a mencionar ocasionalmente una respuesta corta, dio la impresión de que era neófita en el idioma. Yo la cautivé, la incité a fantasear con sus fantasías, le hice el amor con mi voz; (carcajada) ¿y cómo fue eso?; la acaricie con mis palabras, la besé con mi ronco susurro, la penetré con mi lógica y veracidad…; sigue, sigue ¿Por qué no me lo has hecho como a ella? (fin de llamada).
jueves, octubre 7
Compañeras
Ambos pensamos que no debíamos terminar la relación por chismes. Si lo hacemos sería por hartarnos de estar juntos.
Confié en él. Me convenció muy rápido. Fuimos a nuestro cuarto habitual. Los del service room casi ponían nuestros nombres en la puerta de la entrada por la frecuenta en la que íbamos al lugar, aunque yo no sabía la dirección.
Pasen- decía familiarmente el gerente- ¿hoy será de ocho o de doce horas? Bueno como sea, que lo disfruten, jóvenes. El gerente se le acercaba a él y le decía unas cuantas palabras. Él contestaba brevemente. Ambos reían.
Realmente es un poco escalofriante darme cuenta que un lugar de paso se convertía en un escenario particular en mi vida. Aunque a la vez excitante.
Así fue como transcurrieron dos semanas más. Cada tercer día el penetraba en mi ya olvidada ingenuidad, yo recibía su esencia en cada exhalación. El gerente nos apartaba nuestro lugar.
Durante el receso más largo que tenía en la Universidad, me dijeron que había llegado un paquete con mi nombre. Fui a la dirección para saber de qué se trataba. Tal vez era un premio por ser la más estúpida de las estúpidas en todo el maldito mundo. Pero me llevé una gran sorpresa al ver que me habían mandado un sobre por mensajería. No tenía remitente. Dentro estaba una tarjeta, junto con un recado que decía “Se aclararan tus dudas, esta noche” al reverso tenía una dirección que no le di importancia, pero al ver el número que le seguía un cosquilleo recorrió mi cuerpo en menos de un segundo.
Tenía que ir a ese lugar, aunque no decía la hora yo estaba segura en que momento debía de llegar. Mi madre, muy rara vez me dejaba salir de noche, pero perfectamente había quedado de verse con sus amigas. Esperé a que ella se fuera. Me tomó veinte minutos emprender el viaje hasta la dirección citada.
No quería prevenir lo que iba a saber en algunos momentos. Pensaba en que sería una gran sorpresa. A Jonathan le gustaba hacer este tipo de bromitas, aunque por ello le habían propinado un par de golpizas los novios furiosos. Él lo seguía haciendo.
Llegué al lugar. Entré, el encargado me vio con gran sorpresa. La tristeza se apoderaba más y más de mí. Empecé a correr, quería terminar con esto de una vez por todas. Al acercarme al número indicado me iba alejando de mis cabales, era capaz ya de hacer cualquier cosa. Saqué la tarjeta que contenía el sobre, seguía confiada en que no abriera la puerta, la deslicé por la ranura. Entonces lo vi, reconocí su cabellera, su espalda desnuda y esos movimientos de cadera tan vigorosos al igual que los pies que rodeaban su cintura y esas manos con uñas color rojo que masajeaban su cabeza.
-¡Mamá!...
viernes, julio 30
Quesadilla de champiñón con vino tinto
El programa de televisión nocturno ha concluido, tiempo de desechar lo que por el día ingeriste, tiempo de cagar. A pesar de que es media noche, y una noche fría, no sientes deseo por ir a la cama, desde pequeño te encanta dormir tarde, es cuando tu mente se despeja, tienes tiempo a solas, meditas libremente, cuando te la puedes jalar sin que te cachen. Por eso es que surras de noche, porque tu abuela con problemas de vejiga no te molesta justo cuando aplastas las nalgas sobre el retrete. Sospechas que tardarás un poco, así que tomas un libro, ese que te dieron a leer en la escuela, porque como en México se leen 2.5 libros al año por persona, mientras que en los países “desarrollados” leen más de treinta; los profesores quieren fomentar el hábito de la lectura. Yo pienso que es una excusa para que no hagan nada los güevones. Ya parece que los extranjeros van a leer libros teniendo red WI-FI gratis mientras tú le sigues pagando al Charly Delgado para que se siga pudriendo en dinero.
Por fin, el tronco salió del agujero, ya sientes la pierna dormida, momento de levantarse, pero la lectura de la tanga de Virginia te ha entretenido tanto que se te olvida la peste que estás oliendo. Habla sobre temas de interés contemporáneo: ciencia, economía, política, cómo chingarse a la vieja más buena de tu salón. Quién sabe porque chingaos le pusieron ese título. De seguro el representante le pidió al autor el nombre del libro cuando éste vio la prenda de la dama que se cogió la noche anterior y lo pensó en voz alta. Te empieza a dar hambre, así que en cuanto terminas de leer el capítulo 8 decides continuar la lectura en la sala acompañada de una quesadilla de champiñón que está en tu refrigerador desde el fin de semana pasado acompañado de un vaso de coca cola, mas divisas en la puerta del frigorífico una botella larga y oscura con una etiqueta que indica el lugar de procedencia, Italia, así que esto sugiere un cambio de bebida: un vaso de vino tinto. Sigues adentrándote en lo que te dice el libro, te preguntas si en verdad el autor vivió todo eso o solo son unas chaquetas mentales que se le ocurrieron en su último viaje de cocaína, eso si le alcanzó el varo. Súbitamente recuerdas a aquella señorita de rizos indefinidos con la que estuviste en aquél baile, en el cual te sacaron a patadas y todo por defender a tu amigo para que al final agradeciera el acto heroico vomitándote en la playera blanca de Led Zepellin que te prestó tu hermano, y tan chingona que estaba la playera, hasta parecía de diseñador ¡maldito ebrio¡ bendito vicio; habías estado pensando en ella y la razón era, tal vez, que no la pudiste besar, tan acostumbrado estás a fajarte por lo menos con una damisela en cada fiesta a la que asistes, pero en ése entonces no pudiste, no porque fueras incapaz o por ausencia de deseo, buscabas un reto personal que anhelabas desde hace ya un tiempo, aquello por la que las mujeres se trauman con los hombres diciendo que todos son iguales, pobres ingenuas y todo gracias a sus telenovelas y películas Disney. Muerdes tu quesadilla, un trago al vino y continúas la lectura. Es tan fascinante que hagas lo que deseas en el momento sin que nadie esté chingando, ojalá que fuera así siempre, sin ruido, sin el calor sofocante del verano, sin abuela con problemas de vejiga.
Ella baila, no existe nada más, esa forma tan cándida de girar las caderas, te hipnotiza con ese movimiento. Te empieza a decir algo, te acercas a escucharla, tu mejilla hace contacto con la de ella, sientes que es tan áspera, como si te frotaras una lija bastarda, te acercas más. Otra mordida, otro trago, continúa la lectura. No sabes cuánto tiempo ha pasado desde el ploc en el retrete, que te costó algunas lágrimas por el esfuerzo, al capítulo 22, no importa, nadie te molesta. El texto sigue siendo interesante, haz llegado a la parte de la ciencia, afortunadamente ya pasaste lo tedioso de la economía, a quién carajos le interesa saber de impuestos, devaluaciones, asesorías financieras. Todos son felices con una coca-cola y una memela, o gordita como las conocen en algunos lugares. Sigues pensando en ella, ya ni si quiera sabes qué estás leyendo. No te permites quedar con el deseo, vas por ella, así sea de madrugada le dirás lo que te sucede respecto a ella, no sabes donde vive, pero con una búsqueda rápida en Google maps la localizas, situada a media hora de tus aposentos, tu madre duerme, agarras las llaves del Córdoba, sales del departamento… te regresas y das el último trago al vino. Llegas a su casa, solo una luz está encendida, inmediatamente razonas que proviene de su habitación, por su obsesión con el rosa y los afichés de su actor preferido, le gusta tanto que con tan solo mencionar el nombre se orgasmea, pero pronto esos orgasmos los provocarás tú. Ella se asoma en el ventanal, como si la hubieses llamado con el poder tu mente, aunque en ese momento tu poder se situaba en otro lugar, te hace una seña para indicarte que subas por la protección de la ventana de abajo, una hazaña fácil para tu dinamismo corporal. Entras a su cuarto, velas prendidas, pantallas en las lámparas y de fondo Frank Sinatra, maestro de la seducción musical, te estaba esperando, al parecer también habías invadido sus pensamientos. Te acercas, sin decirse una sola palabra, para besar la lija de sus cachetes inflados, te das cuenta que ella cierra los ojos, un beso en el cuello y ella tuerce vigorosamente tu camisa, como cuando se exprime alguna prenda, oyes tu nombre, no prestas atención y continuas con el rito, lo vuelves a oír, aunque esta ocasión con eco, piensas que es la acústica del lugar, de seguro la humedad ha abierto poros en las paredes provocando cierto rebote de las ondas sonoras, tú sigues concentrado, quieres hacerla sentir el placer más grande de su vida, que jamás se le olvide quien la hizo gozar, poner tu sello en su cuerpo, tu nombre nuevamente, pones tu mano en su nuca y masajeas suavemente, y ella exprime más fuerte, mientras más se excita mayor es la pasión del deseo, la recuestas en la cama, te abraza con sus piernas, arranca los botones de tu camisa de un solo jalón, escuchas tu nombre, te acercas a besarla estás a punto de tocar sus labios, sientes un golpe en la cabeza, tu madre te ha golpeado con la tanga de Virginia. – Levántate, cabrón. Son las 9:00 de la mañana. ¿Qué no piensas ir a la escuela?
viernes, julio 2
sofisma de mi amor
lunes, abril 26
I´m back
pero fue brutal, me acaparó ese gran sistema,
me envició, me sedujo.
He aprendido mi lección; seré egoista.
Que todos sepan lo pienso y hago,
no criticar a los demás
es pura pérdida de tiempo... maldito seas Facebook!!