Todo concluyó con este acuerdo.
Ambos pensamos que no debíamos terminarla por chismes. Si lo hacemos sería por hartarnos de estar juntos.
Confié en él. Me convenció tan rápido. Aunque las sospechas siempre estaban presentes: “será cierto lo que dicen”, “alguien será capaz de destruir nuestra relación”
Fuimos a nuestro lugar especial. El gerente vacilaba con nosotros diciéndonos que le iban a poner nuestros nombres a la puerta de la entrada, aunque recordándolo mejor, siempre se referían a él casi en un murmuro, a veces me daban calosfríos: se reían como si ocultaron un secreto, como si fueran los mejores amigos, como cuando una mujer enamorada le sonríe a un hombre. A pesar de la frecuencia con la que visitábamos el lugar, no sabía la dirección.
Transcurrieron dos semanas más. Cada tercer día el penetra en mi ya olvidada ingenuidad, mientras yo recibía su esencia en cada exhalación. El gerente apartaba nuestra habitación.
Al término del receso de 10 minutos en la Universidad, encontré encima de mi banca un sobre manila tamaño carta sin remitente –Seguramente es de él, hace ya un tiempo que no me manda un detalle como estos – lo abrí inmediatamente, dentro contenía una nota citándome a una cierta hora, la dirección estaba abajo. Al principio aseguré que se trataba de una broma de alguno de mis compañeros. Estaba a punto de tirar la nota a la basura cuando ví su reverso. El número marcado provocó un cosquilleo que recorrió mi cuerpo en menos de un segundo. –quién habrá mandado esta maldita, y para qué el pinche sobre pudiendo…- entonces me dí cuenta que aún no estaba vacío…
Al llegar a mi casa aún estaba sacada de pedo, quién carajo mandó esta pinche nota y qué demonios abre esta llave. Tenía que ir a aquél lugar. Mi madre muy rara vez me dejaba salir de noche, pero perfectamente había quedado de verde con sus amigas. Esperaría a que ella se fuera. Pasaron veinte minutos antes de que yo saliera para irme.
Tomé un taxi. Durante el camino quería seguir con la idea de que todo era una broma, no quise prevenir nada. No dejaba de pasar la llave entre mis manos, como si con eso se acelerara el tiempo para llegar más rápido. Llegué a mi destino, baje rápidamente del auto. Entré al lobby y el gerente sólo se me quedó viendo, como si supiera lo que pasaría en los próximos dos minutos. El ascenso al tercer piso fue el más lento que tuve, ojala así de tardados hubiesen sido los que tuve con él cuando nos besábamos en el elevador, como calentamiento. Al salir de la cabina me dirigí hasta la puerta donde estaría mi nombre junto con el de él. Alcancé a escuchar unos gemidos –¿qué hago aquí? Mejor me largo- quizá eso hubiese sido lo mejor. Introduje lentamente la llave en la cerradura, como cuando él me penetraba y sentía cada centímetro más gozoso que el anterior. Giré la chapa cautelosamente, se me paró el pezón. Empuje la puerta de una manera sigilosa de tal manera que sólo había una ranura en donde alcancé a ver su cabellera moviéndose vigorosamente, pero también ví las uñas, esas rasgaban su espalda dejaban una marca efímera que se desvanecía al instante, sus piernas entrecruzadas que abrazaban su cintura y le ayudaban en cada movimiento. Por un segundó llegué a pensar que ella lo disfrutaba más que yo. Estuve tentada a interrumpir el acto, pero qué diría, qué pasaría después de hacer ese cliché tele-novelesco, le arrojaría el cuchillo, a cuál de los dos… Mis pensamientos se profundizaron tanto que no me percaté que a cada idea que venía a mi mente daba un paso hacia adentro de la habitación.
Al fin, él terminó, siguió montado sobre ella por un momento y le dijo unas palabras en susurro –siempre era una frase diferente – se acostó sobre la cama…
-¡Mamá!
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