Hola, te he extrañado. Cómo estás; bien, y tú;pues desconcertado, algo extraño sucedió…; Qué, cuéntame.
Pues mira, hablé con alguien, no recuerdo su nombre, es más, ni si quiera tengo idea si me lo dijo. Lo que te puedo decir es que… seduje a una mujer tan solo con mi voz, mi manera de hablar. Alcanzaba a escuchar los orgasmos que estimulaba mi elocuencia. Sabes que yo no soy así, pero de alguna manera mi vocabulario aumento, fue asombroso, apuesto a que superaba a cualquier erudito literario. Era como si estuviera narrando un cuento, no me refiero a que el diálogo estuviese previamente establecido, todo lo contrario, sufría de espontaneidad. Respetaba signos de puntuación, inclusive contaba las pausas de los puntos y comas, hice énfasis en las sílabas tónicas, carecía de vulgaridad gramatical. Aquella mujer al otro lado del teléfono, sucumbía ante mi exorbitante entonación del léxico, del cual estoy seguro, inmejorable. No te digo que haya sido perfecto, simplemente fue inmejorable…; ¿y ella no dijo nada?; La fémina se limitó a mencionar ocasionalmente una respuesta corta, dio la impresión de que era neófita en el idioma. Yo la cautivé, la incité a fantasear con sus fantasías, le hice el amor con mi voz; (carcajada) ¿y cómo fue eso?; la acaricie con mis palabras, la besé con mi ronco susurro, la penetré con mi lógica y veracidad…; sigue, sigue ¿Por qué no me lo has hecho como a ella? (fin de llamada).
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