Todo concluyó con en este acuerdo.
Ambos pensamos que no debíamos terminar la relación por chismes. Si lo hacemos sería por hartarnos de estar juntos.
Confié en él. Me convenció muy rápido. Fuimos a nuestro cuarto habitual. Los del service room casi ponían nuestros nombres en la puerta de la entrada por la frecuenta en la que íbamos al lugar, aunque yo no sabía la dirección.
Pasen- decía familiarmente el gerente- ¿hoy será de ocho o de doce horas? Bueno como sea, que lo disfruten, jóvenes. El gerente se le acercaba a él y le decía unas cuantas palabras. Él contestaba brevemente. Ambos reían.
Realmente es un poco escalofriante darme cuenta que un lugar de paso se convertía en un escenario particular en mi vida. Aunque a la vez excitante.
Así fue como transcurrieron dos semanas más. Cada tercer día el penetraba en mi ya olvidada ingenuidad, yo recibía su esencia en cada exhalación. El gerente nos apartaba nuestro lugar.
Durante el receso más largo que tenía en la Universidad, me dijeron que había llegado un paquete con mi nombre. Fui a la dirección para saber de qué se trataba. Tal vez era un premio por ser la más estúpida de las estúpidas en todo el maldito mundo. Pero me llevé una gran sorpresa al ver que me habían mandado un sobre por mensajería. No tenía remitente. Dentro estaba una tarjeta, junto con un recado que decía “Se aclararan tus dudas, esta noche” al reverso tenía una dirección que no le di importancia, pero al ver el número que le seguía un cosquilleo recorrió mi cuerpo en menos de un segundo.
Tenía que ir a ese lugar, aunque no decía la hora yo estaba segura en que momento debía de llegar. Mi madre, muy rara vez me dejaba salir de noche, pero perfectamente había quedado de verse con sus amigas. Esperé a que ella se fuera. Me tomó veinte minutos emprender el viaje hasta la dirección citada.
No quería prevenir lo que iba a saber en algunos momentos. Pensaba en que sería una gran sorpresa. A Jonathan le gustaba hacer este tipo de bromitas, aunque por ello le habían propinado un par de golpizas los novios furiosos. Él lo seguía haciendo.
Llegué al lugar. Entré, el encargado me vio con gran sorpresa. La tristeza se apoderaba más y más de mí. Empecé a correr, quería terminar con esto de una vez por todas. Al acercarme al número indicado me iba alejando de mis cabales, era capaz ya de hacer cualquier cosa. Saqué la tarjeta que contenía el sobre, seguía confiada en que no abriera la puerta, la deslicé por la ranura. Entonces lo vi, reconocí su cabellera, su espalda desnuda y esos movimientos de cadera tan vigorosos al igual que los pies que rodeaban su cintura y esas manos con uñas color rojo que masajeaban su cabeza.
-¡Mamá!...
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