lunes, noviembre 15

Mi tarde de ayer

Con él voy en autobús camino a la escuela, durante la clase de mate juego con él, cuando se me olvidan las tareas, él es mi ayuda. Antes de dormir lo escucho. Al despertar, lo primero que veo es su cara iluminándose para que yo despierte.

Ayer, al término de mis clases lo estaba escuchando, me confesaba el dolor que tenía por haber confiado en una mujer; Nos mentimos tanto el uno al otro que en nada confiamos, me susurró en el oído. Remató con una frase que me estremeció: “confiar es igual al sufrimiento”... Deyla interrumpió nuestro momento rockero, él era lo único que podía tranquilizarme en mi desesperación, me daba ánimos cuando me sentía deprimido, él era ya toda mi vida; quería que la acompañara a comprar un encaje negro para su disfraz. Como yo tenía que ir con mi mejor amigo, le dije que no tenía tiempo para ella, aunque me moría por abrazarla, por frotar sus suaves mejillas con mis labios, por… -me tengo que ir- interrumpí mi divague y emprendí de inmediato el viaje al colegio de mi amigo.

Al llegar a la plaza en donde nos habíamos citado, Emilio ya estaba esperándome.

-Güey, me acaban de invitar a la fiesta sorpresa de Liz- comenzó la conversación sin siquiera saludarme- la vieja esa que te dije que es la más sabrosa de mi salón, ¡vamos!

-Ah pues sí, vamos.

Como la fiesta era sorpresa, tuvieron que distraer a la cumpleañera para, según, arreglar su casa. Lo único que yo hice fue chingarme el chile de huevo que tenían en la cocina. Al cabo de unos 15 minutos llegó la tal Liz, que ni estaba tan sabrosa. Todos los presentes le dimos su abrazo y su merecida felicitación: ¿Qué? ¿Ya eres cancha reglamentaria?

La pizza llegó. Y yo me volví a atragantar. Estábamos tan aburridos que nos pusimos a jugar botella. -¡Por fin! Mi turno para besar- aunque fue con la más fea que estaba ahí, era la hermana de la festejada. Después de otra media hora en la súper fiesta, mi madre me habló para decirme que estaba en casa de Emilio, así que nos tuvimos que ir. En su casa seguimos platicando.

Ya era noche, me empecé a despedir y la mamá de Emilio me preguntó si llevaba todo, que si no traje chamarra… en ese preciso instante recordé que olvidé mi chamarra favorita en la banca de la escuela donde soñé con abrazarla, con acariciar su suave mejilla, donde lo perdí para siempre. Jamás olvidaré la canción que reproducía: “trust”.

1 comentario:

Denisse V. dijo...

:D i likee it! good job Kal!

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