viernes, diciembre 17

Me soné en tu calzón

Momentos de mi infancia me hacen remontarme a aquellos lugares llenos de nada. Que con nadie compartí nada. Así, en ese status, permanecía sin decir algo, criticaba sin analizar. Siempre pensaba que el mundo terminaría en el próximo segundo, mientras todos reían, algunos lloraban en los hombros de otro que consolaba, otros más simplemente respiraban, unos pocos se regocijaban en las sábanas húmedas de alguien a quien no conocían. Todos parecían hacer algo en común, algo que yo no sabía hacer.

Andaba caminando. Caí en la necesidad de observar, a darme cuenta de la ingenuidad de todos. Aparentando ser quienes menos pensaron en ser. Cualquiera que hubiese mirado a un lado de su oreja pudo darse cuenta. Me figuraba una explosión de hipocresía, un volcán de mentiras. Sin embargo, aún no sabía lo que ellos estaban haciendo, lo que los mantenía en movimiento. Sólo yo no lo podía hacer, porque no supe ni qué. Nunca me pareció importante todo lo que los demás hacían. Era banal hacer amistades, convivir en conciertos, cagar, jugar, mentir, coger, embriagarse, orinarse. Caminé, corrí, me arrastré por los rincones menos comunes. En mi travesía no encontré a alguien que me pudiera ayudar en mi búsqueda, y sospecho que aunque me lo hubiera encontrado no me habría podido ayudar, porque no sabía lo que buscaba.

En un gran edificio abandonado, hecho de ladrillos erosionados por la antigüedad, me topé con un pedazo cuadrado de tela blanca, curiosamente limpio entre tanto escombro. Me sequé el sudor y lo arrojé al mismo lugar, pero antes de que tocara el piso el viento tomó posesión de él, lo ultrajo y cual paloma voló por un cielo sin nubes, sin emociones. Regresé mi vista al piso y como lo esperaba, el pañuelo estaba ahí. –Qué pequeño es el mundo-

Entonces comprendí lo que hacía mal, supe qué era lo que tenía que hacer. Pude saber qué hacían los demás, qué era lo que los mantenía en sus “vidas”.

Buscar este blog